Un viaje sin vuelta
Últimamente, me han dicho loco más veces de las que puedo recordar. Alguna vez consideré estarlo, pero en el fondo nunca me importó demasiado. Quizás sea verdad, aunque si lo estuviese ¿me daría cuenta de ello?
Quizás todo el mundo está loco menos yo, quizás sea al revés, y mil posibilidades que nunca sabremos a ciencia cierta. Al ser ateo, no me cuesta admitir que no todo tiene una respuesta conocida. Quizás de verdad existe un Dios, puede que me vaya al infierno o puede que me vaya al cielo.
Por desgracia, solo conozco una realidad. Admito que es
aburrido no creer en nada, darse cuenta de que el mundo es un lugar caótico,
injusto, bello y terrible a la vez. A la gente buena le pasan cosas horribles,
y nadie merece nada, ni lo bueno ni lo malo, a los ojos del mundo.
A nuestro alrededor simplemente existen variables que
podemos controlar y variables que no podemos controlar.
Así como al ladrón por
lo general no le importa si tu dinero es para el tratamiento de tu abuelo o
para que lo gastes en droga, al colegio no le importa las razones detrás de tus
bajas calificaciones, ya sea porque estudiaste poco o porque no pudiste dormir
suficiente luego de trabajar por ocho horas para pagar el alquiler; el robo, al
igual que la nota, son retos arbitrarios que se te imponen.
No sé si la vida tenga sentido, ni siquiera sé si yo lo
tengo: quizás exista el karma, pero si es un sistema tan deficiente como para
no detener a Hitler a tiempo, no confío en que me recompense por ayudar a quien
se me cruce.
Pero no por el hecho de que no existan consecuencias tácitas
(por ejemplo, si eres bueno irás al cielo) de mis actos, seré un imbécil con el
resto. No solo por las consecuencias legales de hacerle daño a otras personas, sino
porque me atengo a la enseñanza católica por excelencia; no hagas a los otros
lo que no te gustaría que te hagan.
Si bien puede ser aburrido y a veces deprimente sentirte
solo en el universo, sabiendo que no hay nadie que te cuide más que tú mismo o
las personas a tu alrededor, hay un hecho que me quita el miedo a salir de mi
zona de confort. Es el hecho de que, cuando muera, no seré más que carne en
descomposición.
Al morir, mi única utilidad será para experimentos científicos o
para el abono de la tierra, o bien mi cuerpo será uno más en el cementerio,
encerrado en una caja a dos metros debajo del suelo, finalmente contemplando
las flores desde abajo.
La muerte es el fin del juego. No hay luz al final del
túnel, no hay creencias hechas por mi imaginación para evitar el miedo a la
muerte.
No hay reencarnación, no hay almas en pena (aunque sería divertido
asustar a la gente) ni hay un purgatorio ni un cielo. Pero el hecho de que la muerte sea inevitable, el tener la
certeza de que lo único que cuenta es lo que haga aquí y ahora, es lo que me
mantiene activo.
Las alturas me tranquilizan porque saber que un paso más
significa la muerte me hace sentir control, me encanta cuando a mi derecha hay
una altura suficiente para matarme de forma violenta en el mejor de los casos,
y en el peor quedar parapléjico.
Me encanta tantear mis límites, me encanta sentir el viento
a veinte metros de altura, me encanta colgarme y sentir mis pies pendular en el
vacío y sentir como mi vida está literalmente en mis manos.
Cuando me dicen que soy un idiota por jugar con mi vida,
simplemente me río. Los idiotas son los que no siguen sus sueños y son meros espectadores
de su propia existencia, en vez de agarrarla por los cuernos y tener el
control.
Quiero hacer lo que nadie ha hecho, quiero dejar una huella,
quiero sentir cosas nuevas y gritarle al mundo que soy invencible, porque solo
basta la intención para que eso se vuelva una realidad. Por lo general, los que
dicen que no pueden suelen tener la razón… pero los que dicen que pueden, no
solo suelen tener la razón, si no que adquirirán un día la confianza para dejar
de hacerse preguntas y ser libres de las cadenas del miedo.
¿Qué prefieres? ¿Ser viejo y arrepentirte de no haber hecho
lo que querías?
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