Juntos para siempre
A veces a él le hubiese gustado nunca tener una pareja, para
así no darse cuenta de lo linda que podía ser la vida con alguien que te apoya
a pesar de todo, con alguien dedicado a amarte. Quizás si él nunca la hubiese
conocido, todo sería más fácil… quizás si nunca la hubiese conocido, tampoco
habría conocido el vacío que uno siente cuando se está sólo.
Según esa forma de ver el mundo, sin embargo, tampoco sería
bueno sentir nada que no sea la miseria. Porque él sabía mejor que nadie que
cuando uno vive toda la vida en la oscuridad, la luz se vuelve algo
desconocido. Lo bueno se vuelve malo, al menos lo que la mayoría considera como
bueno.
Él no había sido como la mayoría, pero al igual que el ciego
que percibe el calor de la fogata, él sintió el calor de ella. A pesar de que
ella era la llama, y por ende, notoria y peligrosa para su anormal y solitario estilo
de vida, aun así quiso acercarse, sentir algo diferente, ser alguien distinto,
jugar a ser una persona normal.
Pero al final nada era verdad. Invertir en una apuesta puede
dejar en bancarrota hasta al más inteligente jugador. Esta regla, descubrió con
pesar al final del camino, también se aplicaba para él. El amor es una apuesta
en donde toda tu cordura está en juego si no sabes controlarte.
Y si bien todo fue bello al principio, mientras se carcomía
en los recuerdos sentía rabia.
Porque no importaba cuánto invirtiese pensando en ella, las
horas que estuvieron juntos, las sensaciones que sintió, las experiencias que
tanto lo marcaron ¿de que servía ser marcado por las mismas si al final del
camino iba a estar incluso más solo que antes?
Había sido un imbécil. Había perdido tanto tiempo en un
maldito espejismo que se olvidó de la sencilla realidad; la única persona que
lo entendía, la única persona que lo apoyaba, la única persona que podía
sacarlo adelante era él mismo. Pero después de que terminaron, ya no era capaz
de nada.
Recordaba con rabia todas las ocasiones en que se río como
un imbécil con ese espejismo, con esa ilusión que era ella. Para el hombre que
era soñador, ella era su futuro, su estrella fugaz que cumplía todos sus deseos,
la almohada en la que el bebé duerme y la amiga con la que uno está y en la que
siempre se puede confiar.
Para él, ella lo era todo. No le hacía falta nada más, y el
solo hecho de recordar las caricias era suficiente para mantenerlo embotado en
esa presunta utopía que sólo existe para la gente que decide partirse en dos
pedazos al confiar en su “alma gemela” y esperar que todo esté perfecto, que
sea otra persona la que lo mantenga en pie y no él mismo.
Por estar con ella,
ya no sabía cómo levantarse.
A veces recordaba con amargura la idea de que su relación
era perfecta. Creía que tenían un mañana en el que nunca se separarían, pero en
realidad nunca fue más cuerdo que el cerdito que esperaba que su casita de paja
resistiese, confiado a pesar de su inestable sensación.
No siempre era un idiota, sin embargo. También él se daba
cuenta de que la manzana que era su relación tenía un gusano dentro… pero para
olvidarlo se distraía con las drogas cuando ella no estaba, en el sexo cuando
se juntaban y en ignorar las discusiones a toda costa. Pero el parche curita
nunca sirve cuando el paciente se desangra.
Estaba retorciéndose de rabia al darse cuenta de que la
llama que una vez le dio calor terminó quemándolo vivo, atrapado por las
cadenas que el mismo creó, pero la llave se había caído entre las brasas, y
mientras más las buscaba, más se le quemaban las manos. Su vida se había vuelto
una agonía.
Y era incapaz de encontrar esa llave porque en el fondo
nunca la quiso encontrar. Tal era el temor de perder esa luz y volver a la
oscuridad que era capaz de hacer cualquier cosa por mantener a flote la
relación, así como un náufrago quiere mantener a flote un barco partido en dos,
a pesar de no tener herramientas ni tiempo para semejante tarea.
Quería evitar a toda costa flotar en el mar de los recuerdos
y la desesperación, lentamente hundiéndose más y más en su situación antes de
conocerla, y sólo cuando todo estaba a punto de perderse, es que se arrepintió.
Se arrepintió de nunca admitir el problema de la bebida, de tapar cualquier
conflicto bajo la alfombra, de no entender todas las indirectas que ella le
hacía, y a sus ojos, los ojos de alguien a punto de hundirse nunca fueron
indirectas. Siempre fueron alarmas, alarmas que él no quiso mirar o escuchar
por su propio y maldito orgullo.
Hubo tiempos en donde todo lo malo se acumulaba y se
comprimía en una sucesión de pensamientos de remordimiento… y no había nada que
hacer. En esos momentos, le hubiese gustado nunca haberla conocido.
A veces, sin embargo, también sabía que no había forma de
evitar lo sucedido. No creía en el destino, pero la sucesión de eventos que
permitieron que estuviesen juntos hizo que cualquier otra opción fuese
secundaria.
El primer noviazgo de ambos… suena como el mejor inicio para
un final feliz en donde la parejita termina casándose, riendo y bebiendo del
elixir del amor verdadero. Mil veces se prometieron el amor, ese amor que se
les hacía tan infinito en sus mentes jóvenes, que aún no entendían que el
tiempo, al igual que el viento en las rocas del desierto, termina por
erosionarlo todo, lento pero seguro.
Al final sólo había peleas, sólo había enojos y ni siquiera
tenían ganas de lo corporal. Y así, decidió que el problema tenía que terminar,
ya que no podían seguir juntos… pero se dio cuenta de que para deshacerse de su
recuerdo debía deshacerse de ella. Si ella no era suya, nunca sería de nadie.
No quería caerse sólo al abismo.
Y fue por ello por lo que el último arrepentimiento del
asesino fue no encontrar un cómplice que tapase el agujero en el que estaba su
amante.
“Los muertos no cavan tumbas”, fue lo último que pensó antes
de insertar el cañón en su garganta y sentir el fogonazo por primera y última
vez, finalmente cayendo de bruces encima de su amada.
Juntos para siempre.
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