No hay que perder el norte
Hace rato que no creo en Dios, pero siempre me gustó la
historia de los talentos, en donde básicamente un hombre le da dos talentos
(monedas) a tres amigos.
El primero apuesta los talentos y logra conseguir dos más.
Ahora tiene cuatro talentos.
El segundo logra ganar un premio luego de participar en un
evento, por lo que ahora tiene seis.
Pero el tercero decidió enterrar sus talentos, temeroso de
perderlos.
A tercer día llegó el amigo del viaje. Este le pidió a sus amigos que
le mostrasen los talentos. Los tres se llevaron las manos al bolsillo y las levantaron , mostrando los talentos que tenían a su amigo. El viajero se fijó en la mano de
cada uno de ellos, y estuvo conforme hasta que su vista cayó sobre la mano
temblorosa y pequeña del tercero, quien tenía apenas dos talentos.
El de los dos talentos no podía aguantar la mirada del amigo
que le dio los talentos, quien movía l cabeza de un lado a otro, negando en silencio, visiblemente
decepcionado. Apretó un poco los labios en señal de disgusto, y mirándolo a los
ojos le dijo:
-Creo que te olvidaste de dos cosas: Primero, que la suerte
ayuda al que se arriesga, por lo que no temerás de tus decisiones. Lo
segundo y más importante es que cuando entierras tus talentos, nunca los podrá
conocer el mundo, por lo que tu destino será el olvido.
Cabe destacar que no me acuerdo bien de la historia puesto
que no leo la biblia, pero el relato nunca ha sido el punto en las parábolas.
Y es que con los juramentos que cada uno se hace, echarse
para atrás es traicionarse a uno mismo, lo que es peor que cualquier otra cosa. En
la vida, no va a haber nadie que te llevará hasta arriba si no eres tu. Y si
mantienes en la oscuridad lo que le puedes ofrecer al mundo, entonces no
importa que tan bueno seas, nunca podrás cumplir lo que te propones.
El estrés es parte de la experiencia de volverte alguien
diferente. Quizás te vuelves más obsesivo, quizás te puedes sentir más perdido en comparación al resto, muchas veces solitario en tus pensamientos e ideas. Te frustras al no tolerar el fracaso, pero sabes que nunca más te quedarás de brazos cruzados.
Llorar en el rincón es válido para las tragedias, pero en la
vida debes ponerte de pie, las lágrimas sólo te nublan la visión, y no hay
nadie que te ayude cuando tu mismo no te quieres ayudar.
En un mundo individualista debes aprender a conocer la cosa
en que eres bueno, aquello que te llena más que nada e ir de cabeza a las
adversidades, porque cuando caminas derecho y intentas convencerte de que las cosas
van a salir mejor, rápidamente sientes que así va a pasar.
Aunque no te lo creas, debes seguir diciendo en voz alta que
vas a seguir, que las adversidades no son nada. Mientras más te convenzas de
algo, más automática será tu respuesta ante el estímulo aunque sea auto inducido. Puede que un día llegues a ese punto en que no debes pensar
para sentir lo que ya sabías que iba era cierto.
Pero no todo es luz en este mundo de oscuridad, porque si hay algo de lo que me arrepiento cuando era un niño es
haber sentido miedo y quedarme paralizado ante una situación en la que pude
haberme hecho cargo.
¿Quién no supo cómo hablarle a la niña linda de la clase? ¿Responderle
al idiota que se metió con tu amigo? ¿ser tú mismo en lugar de esconderte
detrás de una máscara de seriedad, como si eso sirviese de algo?
Pero bueno, como alguien dijo alguna vez, revolverse en el
lodo no es la mejor forma de limpiarse, así como arrepentirse del pasado no
construirá tu futuro. También recuerdo las veces en que las buenas intenciones
sólo sirvieron para darnos desilusiones.
“No hay que confiar en los demás”, fue la frase en la que creí
por un momento de mi vida. pero ahora me doy cuenta de que quien no vive
plenamente, al fin y al cabo, nunca vive en realidad. Y para mí, después de la
muerte no hay una luz al final del túnel, por el simple hecho de que no hay un túnel en primer lugar. Creer que estamos acompañados por una fuerza superior siempre ha sido una utopía.
La mitología de los ángeles y los demonios, de Dios y el
Diablo no son más que historias que me gustaría creer, pero por desgracia sería
como intentar creer en el Viejo Pascuero. Es negar la inevitable verdad de
que estamos solos, de que no somos más que un granito de arena en el basto
océano del espacio sideral.
Por lo mismo, la mejor forma de vivir es luchar por lo que
uno cree, estar inconforme con lo que no nos parezca correcto y pasarlo lo mejor
posible mientras podamos. A la mierda con el miedo, porque cuando estés viejo y
postrado en una cama te arrepentirás de haber sido menos fuerte de lo que
pudiste ser, y recordarás amargamente todas las cosas que estaban al alcance de
tu mano pero que por tu propia cobardía no pudiste cambiar.
Y aquí estamos tu y yo, sin saber adónde ir, sentados al
borde de nuestras existencias y preguntándonos que pudimos haber cambiado para
que nada de esto hubiese pasado, considerando cómo pudimos haber cambiado lo
que no se iba a cambiar nunca iba a cambiarse.
No es lo que importa ahora, si no lo que alguna vez nos
importó. Nos apenamos como almas en pena por lo que ya está hecho, y no sabemos
cómo seguir adelante con una vida que ya no tenemos, porque nuestra fe no es
más que un espejo hecho pedazos de nuestra visión idealizada del mundo, en
donde todos tienen un lugar y todo sucede por una razón.
Pero que no se nos olvide que no es así. No hay nada que te
impida ser lo que quieres ser, pero el destino es una idea imbécil. No hay una
fuerza superior que nos diga que tenemos o no que hacer, sino que son nuestros
propios fantasmas los que nos quieren obligar a seguir en el pasado y a desconfiar
de nuestra capacidad de cambiar el presente.
Déjame decirte que la mejor forma de no ser alguien a quien
pasen por encima es secarte las lágrimas y dejar de carcomerte en un ciclo de auto
sufrimiento que no hará nada más que abrirte las heridas que deben ser
cerradas.
De ahora en adelante, la vida para nosotros tiene que ser
una carrera en donde el único camino es adelante, y donde mirar atrás solo
servirá para que te enfoques en los buenos trechos y evites a toda costa los
desvíos innecesarios.
Sería estúpido quemarnos vivos para poder calentar al resto,
porque tarde o temprano ayudar a todo el mundo terminará por extinguir la llama
de tus ilusiones.
Sonará duro, pero en la vida hay que seguir adelante. El criticismo
sin voz es solo un distractor, y si te quieren censurar o si alguien te hace
decidir entre seguir haciendo lo que te hace feliz o complacer sus propias
expectativas, mejor quédate con tus ambiciones. Para hacer un omelet, debes
romper un par de huevos.
A veces sentir la consecuencia de tus propios errores te
garantizará un sano miedo por el peligro, pero no es aplicable una vez que
estás en una situación donde dudar es casi tan peligroso como confiar demasiado
en tus capacidades.
Sólo me queda decir que la duda constante llama al fracaso. No
hay que perder nunca el norte.
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