Un color indecente

   


 Un color indecente


No quiero seguir siendo amiga tuya, dijo con esas palabras suyas.

Siempre fue de las indecisas, pero lo dijo con palabras tan concisas.

El día de su cumpleaños lo había saludado. Con felicidad, el inepto había brindado.

Con euforia sintió el placer, por la oportunidad de volverla a conocer.

Quizás crear una relación bella, en donde tendría mucho sexo con ella.

Más no la quería amar, pues de amor no se quería enfermar.

Contagiosa es la enfermedad, que lo torturó sin parar.

Pero como tantas otras veces, nada es lo que parece.

Tan sólo lo había saludado, como un general a un soldado.

“Es por una cuestión de principios”, es lo que le había dicho.

Al explicarle que con el nada quería, la cara del inepto se volvió sombría.

Como regalo de despedida, lo que hizo el loco que ya no la quería.

Fue enviarle una foto suya, colgando del techo y a poca altura.

Pero esta fue la suficiente, para pintar su cara de un color indecente.

Pálida estaba la muchacha, la que alguna se sintió como una cucaracha.

El amor había sido el verdugo, del que alguna vez fui amigo suyo.

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